sábado, 8 de abril de 2017

Adiós heavy metal.- 1995

Adiós heavy metal.- 1995


   Era el emblema de la revolución industrial en un país de pocas máquinas, la obra magna de la siderurgia española. Altos Hornos de Vizcaya, un símbolo en la margen izquierda de la ría de Bilbao, vive una lenta agonía, a los 91 años de su nacimiento, víctima de la reconversión del sector.


   He oído un lamento. “¡Que fea, que jodidamente fea era la fábrica! Pero, ¿sabes una cosa? Ahora nos damos cuenta de que sólo nosotros la queríamos de verdad”.

   Altos Hornos de Vizcaya nació de la fusión, en 1902, de las grandes acerías de la margen izquierda de la ría de Bilbao. Esta catedral herrumbrosa y humeante fue la obra magna de la siderurgia española. Se levantó en lo que llamaban el Desierto, en Barakaldo, y en si entorno creció una impresionante metrópoli proletaria. Primero fueron los cuarteles, los miserables barracones. Luego, casas cooperativas bautizadas con un sueño, como El Hogar Futuro, El Porvenir o La Aurora. Finalmente, bloques de viviendas tipo colmena. En los años de esplendor, AHV llegó a emplear a 16.000 personas. Producía millones de toneladas. Contaba con 50 kilómetros de vías propias de ferrocarril. Era también un paisaje, una segunda naturaleza gris envuelta en niebla viscosa que modificó tierra, mar y cielo.

   Esto, algún día, fue el futuro.

   Inmensas naves ocupadas por un silencio de reloj destripado. Montañas de parva. Con sus capas de colores geológicos. Pozos de escoria. Chaparrones incandescentes. Turbinas que parecen la máquina del tiempo. Riachuelos y cascadas de arrabio ardiente. Camiones arácnidos. Remolques cisternas a los que llaman torpedos. Figuras humanas, pausadas  como buzos, surgiendo de nubes de vapor. Uno espera que de un momento a otro salga de una esquina Mad Max o una criatura motorizada del cómic de Moebius.

   Estalla la Goma 2. Se desploma como una araucaria aserrada la gran chimenea. Un viejo edificio se retuerce como malherido dinosaurio de músculos metálico. Ciento cuarenta mil metros cúbicos de escombro.

   Lo que aparece es un hombre con traje de faena, casco de seguridad y un ladrillo bajo el brazo. Piensa colocarlo encima del televisor de su piso obrero.

   Se llama Venancio.

   Es barbudo. Lleva en la pechera una insignia hace tiempo pasada de moda. Una estrella roja.

   La barba está blanqueando. Los montones de grafito brillan con el sol. Pasa un gato. Hay una estirpe de respetables gatos en Altos Hornos. En tiempos eran profetas salvadores. Olían los gases, detectaban el peligro. Por ahí siguen, paseando con elástico desconcierto, maullando entre las ruinas.

   Venancio mira alrededor. Chasquea la lengua. Espero un discurso duro y justiciero. La denuncia contra la extinción de una clase. La de los obreros nacidos antes de 1952. Haber cumplido los 40 años es ser viejo. No entran en los planes de futuro. En boca de ejecutivos y políticos, la palabra modernización es un abracadabra. En la margen izquierda es una mierda. No la uses si quieres que se fíen de ti y no te tomen por un cantamañanas.

   Tampoco preguntes demasiado sobre el futuro, por más que te haya impresionado la monumental maqueta de Bilbao Ría 2000. Juan Antonio Mendieta, de 50 años, y Carlos Azpiolen, de 37, se acercan con ladrillos renegridos bajo el brazo, Un souvenir AHV para poner encima del televisor. ¿El futuro? Sí, claro que hay un futuro para los jóvenes. “Meterse a hertzianas”, bromean con sorna. “Hacerse policías”.

   El último aullido potente de la margen izquierda fue la Marcha de hierro. Cientos de obreros siderúrgicos caminaron en columna de Bilbao a Madrid, en octubre de 1992, para salvar sus puestos de trabajo. Se cerraba un círculo. Cien años antes, al alba del 14 de mayo de 1890, saltó la chispa nueva en un país de hierro. “Por el alto del túnel de La Arboleda bajaban a las nueve y cuarto unos mil trabajadores en línea, precedidos de una bandera roja. La voz que predominaba en este grupo era la siguiente: “¡Viva la unión obrera! ¡Abajo los cuarteles!” (El Noticiero Bilbaíno). Se iniciaba la primera gran huelga, saldada con éxito. El general Loma, al mando de las tropas, acabó por dar en buena parte la razón a los obreros. Gracias al convertidor Bessemer, un descubrimiento que permitía la producción de acero por vía directa, las ricas hematites vizcaínas, hoy agotadas, se habían vuelto oro y permitirían el desarrollo de una poderosa oligarquía. Pero las condiciones de vida de los trabajadores eran penosas. Un observador extranjero, I. Declaux, comparaba el abarrotado hospital minero de Triano con “un destacamento quirúrgico militar en la línea avanzada de combate”.

   En aquellos tiempos se destacó un líder, Facundo Perezagua. He visto una foto suya, en sepia, en unos de esos libros que ya no se escriben. La mirada lejana. La barba blanqueada. Los zapatones. Venancio es clavado a Perezagua. Sus zapatones cuentan una historia. Tengo la impresión de que ya los he visto antes. De que son los mismos zapatones de currante que pintó Van Gogh en Alabama en 1936. Llegó a Madrid, al Ministerio de Industria, con ellos en la mano, los pies llenos de ampollas, reventados. Fue la imagen que inmortalizó aquella última batalla: Venancio con sus zapatones en la mano.

    Así que esperas un discurso duro, palabras como puños cerrados, y surge una confidencia emotiva, como si el legendario Perezagua viniera a despedirse. “¡Que fea nos parecía la fábrica! Jodidamente fea. Todo era de color gris. Tiznaba la cara, la ropa, las casas. Escupías y salía de color gris, como el grafito. Yo fui el último de baterías. Había que beber agua todo el tiempo. Ahora que lo pienso, también eran grises los uniformes y los jeeps de la policía. Me sentía bien cuando nos rebelábamos. Parecía que cambiaba el color de las cosas. Por la cuesta de La Iberia de Sestao íbamos los de Altos Hornos. Por la Gran Vía, los de la Naval y Aurrerá. Por Vía Galindo subían los de la General Electric y de la Babbcock & Wilcox. Era impresionante. Tenías la sensación de ser algo de verdad. ¿Y ahora? Nos damos cuenta ahora de que sólo nosotros queríamos de verdad a esta jodida fábrica. Los hornos de Barakaldo alumbran todo Bilbao, tarararirarará. Se ha vuelto triste esta canción. Me gustaría que no lo tirasen, el horno alto, el que sale en los cuadros y las fotos. Si, tío, me entran ganas de llorar cuando lo miro. ¿A que es bonito? Ahora pienso en eso. Sólo nosotros la queríamos de verdad. A la fea fábrica”.

   Venancio González Mendiola, de 43 años, está ahora sentado en el tresillo de su piso obrero, en Sestao, con su mujer, Karmele, y su madre, María Luisa. La salita es muy pequeña. Debió de ser complicado pasar el sofá por las puertas. En las estanterías del armario hay un enjambre de gente. Retratos que se ponen a hablar, que recuerdan. Tres generaciones de trabajadores de Altos Hornos de Vizcaya. El abuelo, que se quedó paralítico cuando le cayó una plancha de metal encima. El padre. Los dos hermanos compañeros de la empresa. En color, todos los pequeños de la estirpe, ya bautizados con nombres vascos. En esta salita se tumbaba el chaval revolucionario, de primer oficio hojalatero, cuando había que andar listo para brincar por la ventana y huir. En una de las detenciones, en el temido cuartel de Garellano, le hicieron mil perrerías, como la ducha fría la bañera y la ruleta rusa. Un revolver en la sien. “Adiós, chaval”. En otra ocasión, para pagar la libertad del mozo, su madre tuvo que vender las dos vacas que le tocaban de la herencia.

   “¿Le devolvió aquel dinero de las vacas?”.

   “No, todavía no”, ríe la madre.

   En tiempo libre es concejal en Sestao. Un incansable todoterreno. Incluso los que no le votan te encomiendan a Venancio para encarnar la historia de los de abajo. “Es uña y carne de AHV”.

   “Soy comunista”, dice con una sonrisa como si fuese Uncas, el último mohicano, al enseñar orgulloso el tatuaje de su tribu. “Sigo teniendo ese ideal y voy con la cabeza alta”.

   Nació escuchando el cuerno, la sirena de AHV. La factoría estaba ligada a su destino. En la margen izquierda empieza a instalarse la terapia del olvido. Si la han de tirar, mejor que no quede nada. Sí, fue el emblema de la revolución industrial en un país de pocas máquinas, ¿y qué? No vamos a llorar ahora, como si fuera el Partenón o la capilla Sixtina. Una parte se irá a la India para seguir siendo fábrica. El resto será chatarra. La vida continúa. Altos Hornos de Vizcaya se integra en el seno de la nueva Corporación Siderúrgica. En una parcela se construirá la Acería Compacta de Bizkaia. Pocos empleos, es cierto, pero más eficientes, en el umbral de la tecnología accionada por gente con bata blanca. Lo demás es pasado. Se acabó una época. Así que a otra cosa mariposa.

   Hay gente que lo ve de otra forma. Por ejemplo, el barakaldés José Eugenio Villar en su magnífico libro Las catedrales de la industria. La margen izquierda de la ría del Nervión fue una de las grandes concentraciones industriales europeas. No hay grandes abadías románicas ni catedrales góticas. Están los Altos Hornos, que cambiaron la historia. Dice Villar: “Las actuaciones urbanísticas que está previsto realizar sobre espacios y paisajes caracterizados por su dedicación industrial deben contemplar un entramado urbano capaz de conservar elementos y paisajes que mantengan en la memoria futura una imagen suficientemente evocadora del pasado”.

   Venancio lo dice a su manera: “Deberían conservar al menos el alto horno 1, que se creciese la hierba alrededor y los niños preguntaran para qué servía eso”. Su interés no nace de las tesis de la arqueología industrial, sino de las entrañas. “¿Qué quieres? Hay veces que lo miro y me entran ganas de llorar. Se me inyectan los ojos como cuando limpiábamos el azufre con sosa”.

   Si fuera árbol, Javier Bilbao, de 45 años, sería un roble. Es fornido como solo puede serlo un levantador de piedras o un operario del horno 1. En el turno se masca silencio. Hoy es el último día para el horno 1. Cuando entra en acción el perforador, me quedo imprudentemente hipnotizado con los fuegos artificiales. Javi me desplaza hacia atrás con sus brazos de hierro. Sabe lo que es dejarse la piel aquí. En una ocasión les sorprendió uno de esos chaparrones. Es una quemadura insoportable. Las partículas de mineral incandescente penetran en la carne como una mezcla de napalm y metralla. Del hospital de Cruces recuerda como una bendición el alivio de verse envuelto en una primera sábana empapada en agua. Hay otra huella más profunda, que liga a este hombre a AHV con el lado duro de la vida. Aquí murió su padre en accidente de trabajo, cuando él era solo un crío. Se despide del horno 1 después de nueve años en este puesto. Cuando el calor se hacía agobiante y todo el cuerpo rezumaba sudor, Javi tenía un recurso para refrescarse: se veía en el monte, acompañado por su leal perro Toby, levantando perdices.

   La metrópoli proletaria atrajo a miles de inmigrantes. Ahora, la margen izquierda pierde población. Son muchos los que piensan en el retorno. A Galicia. A Andalucía, A Extremadura. No es una decisión alegre. He hablado con hombres quebrados que quisieran encontrar el trébol de las cuatro hojas. Han enraizado aquí. Sus hijos les llaman aita (padre, en euskera). “Aita hace hierro”, dice en la escuela el hijo de Carlos García, de 38 años, de familia murciana.

   Para nada piensa en volver a la tierra de origen. Cuando deje de conducir arrabio ardiente por el cauce de arena refractaria pensará en otra alternativa. Ha ido seis años a clase para entender euskera. No le disgusta el nacionalismo siempre que sea de izquierdas y solidario. Enciende un ducados y la bocanada de humo se entrelaza con el vapor de la escoria.

   Aita hace hierro. Le gusta esa frase del hijo.

   En la planta baja del edificio hay un gran cuadro naturalista de anónimos aitas que hacen hierro. Una composición en la que se funden hombres, máquinas y fuego. En el pasillo del piso superior cuelgan retratos personales de los próceres de AHV. Allí están los históricos apellidos, con chalé en Neguri, que hoy mantienen su pedigrí y su influencia en la industria y las finanzas. Del árbol de los Gandarias, una de las familias fundadoras, es Alfonso Berecua Gandarias, de 37 años, abogado de AHV. Habla con orgullo de la “cultura empresarial bilbaína”. “No se nos educó para ser funcionarios, militares o notarios, sino para montar negocios y trabajar. Yo estudié en Deusto. Acabé la carrera el viernes y empecé a trabajar el lunes. Nuestros bisabuelos y abuelos iban los domingos a la fábrica. Y toda la pasta iba al negocio”. La crisis de la siderurgia es muy larga de contar. La caída en picado de los balances de AHV se inicia con la crisis de los setenta y se acentúa en los ochenta por la competencia de centros de producción más baratos. Como los del Este, y el no haber afrontado una renovación a tiempo. Altos Hornos está hoy integrada en la Corporación Siderúrgica, y Alfonso es un asalariado del sector público. A pesar de las circunstancias que atraviesa el País Vasco, es optimista sobre el futuro económico y rebate con llaneza coloquial la tesis de una dejación empresarial de la burguesía bilbaína. “De Neguri, irse, lo que se dice irse, nadie, ¡qué cojones!”. Da la impresión de que me mira como Darwin a un bicho raro de las Galápagos cuando le pregunto si no siente tristeza de que todo sea pronto chatarra y escombro.


   “¡Ni pena ni nada! ¡Quitamos las chimeneas y ponemos otra cosa!”.

   Es de noche. El último alto horno alumbra la ría. Mañana tengo que ver la gran maqueta futurista del Bilbao 2000. Intento retener la música de Gris Perla, el grupo de rock que ensaya en una casa que se desmorona, separada de AHV por los raíles del tren y una alambrada. Debo de ser un estúpido sentimental. No se me van de la cabeza los zapatones de Venancio.

   “Solo nosotros la queríamos, a la fea fábrica.


* * * * *

Publicado por Manuel Rivas en 1995

En El País Semanal.

Obra original perteneciente a los fondos bibliográficos de la Fundación Sancho el Sabio Fundazioa. (Vitoria-Gazteiz).

http://hdl.handle.net/10357/30179



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