Al terminar la guerra civil, los hombres que habían de rehacer y exaltar la villa
de Bilbao y Vizcaya emprendieron el camino de
la vida. Marchaban “por el sendero obscuro que se extendía ante ellos y
que les llevaba a donde ellos querían que les llevase”, como el varón esforzado
de Walt Witman.
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D. Víctor Chavarri.
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En veinticinco
años, 1875-1900, los Chávarri, Ibarra, Echevarrieta, Gandarias, Martínez Rivas,
Aznar, Bergé, dan a su pueblo magnitudes inusitadas en nuestros países, de civilización
lenta y poco familiarizada con semejantes milagros. Y más interesante aún,
enriquecen la vida española con un tipo nuevo de los más fuertes que se produjo en el
siglo XIX y quizá el más XIX de todos: el del burgués capitalista.
Ahora que Sorel
deplora la extinción del burgués de la raza de los jefes audaces que habían hecho
la grandeza de la industria, hay que reivindicar para esta casta a los hombres
de Bilbao en el último tercio del siglo pasado.
Eran capitalistas que,
como quería Sorel, se acercaban al tipo guerrero, miraban como una vergüenza la
timidez y se alababan de pensar en sus intereses de clase.
Tal vez el plan guizotiano
de la Restauración y la Regencia se realice en Vizcaya mejor que en ninguna
otra parte de España. La Restauración resulta aquí una cosa vital, y la
burguesía vizcaína es el instrumento feliz de su obra. El momento frenético que
ha pasado deja cansancio de ideologías violentas. El régimen da, y no es poco,
paz y arancel.
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D. José Mª de las Rivas.
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Falta casi por completo
la literatura. Discretamente se ha eclipsado, ahogada en aquel vértigo de
acción. En los periódicos de la época florece una prosa redonda, salpicada de planos
y de perfiles longitudinales. Muchos párrafos suelen concluir evocando “la
prosperidad pública” y “el fomento de la actividad industrial del país. Son
instancias, proyectos, planes de mejora. Pero de esta prosa discutible y puramente
complementaria ha salido y lo que es hoy la vida española: Bilbao. Paz y
Arancel. Estos capitalistas de lucha son gubernamentales. Impera el guizotíanismo
del régimen.
Don Práxedes Mateo
Sagasta hace entradas triunfales en el “Laurak-bat”. Desde Biarritz, Cánovas
atalaya a los ricos de Bilbao y los busca para su obra de consolidación.
Nombres obscuros que llevan calles de Bilbao, nos hablan de ministros que
ponían primeras piedras y quillas. Los obreros del hierro alumbran con antorchas
la ría negra que atraviesan una noche la Regente y el Rey niño...
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D. Pedro de Gandarias.
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Alzóla, Churruca,
los ingenieros de su tiempo, son nombres llenos de gloria civil. Florecían en
el momento de esplendor de su estado-apogeo de la ciencia positiva, novela
naturalista, grandes exposiciones, era de victoria, Lesseps, antes del Barón y
de Herz, cuando la Emperatriz había inaugurado el canal.
Hoy todo esto ha palidecido.
Está bien. Pero aquellas figuras, un poco frías y como recortadas de
ingenieros, llenas sin embargo de fuego interior que arde en vidas fecundas,
merecen bien de su pueblo, como se hubiera dicho entonces.
Unos y otros, los
fuertes y empíricos, y los técnicos, reedificaron Bilbao y Vizcaya. Sus nombres
no tienen la opacidad que, un poco convencionalmente tal vez, ha recubierto los
otros españoles del misino período. Su obra vive, y no hay por qué arrepentirse
de ella. Lo que se ha llamado desastre no ha hecho vacilar la fe de Bilbao. Los
cruceros se fueron a pique; pero Bilbao no los había construido para pelear con
acorazados cien veces superiores, de naciones cien veces más poderosas.
Los cruceros estaban
bien hechos. El acero era excelente. Y el mineral continuaba siendo
inmejorable. Bilbao no había fracasado ni tenía porqué sumarse a los coros de
desesperanza que se cantaban aquellos días en España.
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El Conde de Zubiria.
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Había que continuar,
mejorando. Los días cambiaban, y los hombres que engrandecieron Bilbao eran demasiado avisados para no apercibirse. Sombras
inquietas pasan sobre Vizcaya: Sabino Arana, el de Abando; los hombres de trabajo,
persistentes en su clamor, fuertes y organizados. Brillan los espejuelos de D.
Miguel de Unamuno. Y ellos desaparecen serenamente, fuertes en gloria y en ejemplaridad.
Habían arribado en
un May-flowerr ideal un poco agresivo. Los mayorazgos y los comerciantes
casi aristocráticos que regían el Bilbao de la Arcadia foral, tuvieron que
ceder a este empuje nuevo. Con ellos se hundieron muchas cosas buenas y bellas.
Todavía un mayorazgo, Ángel Allendesalazar, brilla lleno de inteligencia y
patriotismo en estos días vertiginosos. Hay que pasar con dolor sobre lo inevitable
.
Con la historia de
Bilbao y sus hombres del 75 al 900 se podía hacer un manual confortablemente
impreso y que formará parte de una de esas series que se editan para enseñar la
energía. No habría inconveniente en que allí apareciese Bilbao entre Duserdolf
Fiume, por ejemplo, o entre dos ciudades americanas. Pero provisionalmente nada
más, y para esos fines docentes. Bilbao no es una ciudad improvisada, de vida en perpetuo intento
de soldadura, de elementos recién acogidos. Bilbao tiene una naturaleza en que definirse
y afirmarse.
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D. Cosme Echevarrieta.
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Así, en estos
creadores de su fuerza moderna, ve continuadores, aceleradores, y les asigna la
gloria clásica que a los hombres de continuidad reserva la Historia.
No olvida que han
pasado bastantes siglos sin que falte en ningún puerto de Europa hierro con la marca
de Bilbao.
Una lista de
bilbaínos de hoy… Sota, Gandarias, Echevarrieta, Ibarra, Echevarria, Zubiria, Aznar,
Chávarri, Gorbeña, Aresti, Revilla... Otros muchos se pueden añadir, gentes todas
de dirección y esfuerzo.
De estos contemporáneos,
y precisamente por serlo, se impone una gran medida y graves reservas en el
elogio. Y un número como este de LA ESFERA es una gran coral, un himno, y
requiere tono heroico poco compatible con la proximidad. Carlyle no encontraba a
Odín en Igeretxe oyendo a los titanes,
ni a Cromwel en las reuniones de fuerzas vivas. Dejemos, pues, ahora, lo
heroico.
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D. Bernabé Larrinaga.
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Basta decir hoy: que
Bilbao no ha detenido su progreso, que, al contrario, una mayor fuerza ideal
parece empujarle cada día. Y recordar quiénes dirigen el Bilbao actual.
Y un poco más:
excluir a estos directores de ciertos grandes defectos, forma la más moderada del
elogio. Ninguno de estos hombres, diremos, es capaz de acto o palabra
esencialmente funambulesco.
Por ejemplo: ninguno de ellos podría deciros en serio que
Vizcaya, por su adelanto, es ya una provincia de Europa. Agradezcamos este
decoro fundamental.
Los hombres
directores de Bilbao se encuentran a la villa entrando en el período “de
curiosidad o deseo de saber cosas nuevas
y de amor a la belleza». En iniciación florentina empiezan a prestar el apoyo y
el ambiente que requiere al cultivo de las disciplinas intelectuales y de
las artes.
Han conocido estos
hombres el mundo en sus más sugestivos aspectos. Y no se han sumado al cosmopolitismo
fácil que les tentaba. Han vuelto a los escritorios y a la labor – comprometiendo
sus rentas tranquilas en duras empresas industriales - y han borrado pronto los
últimos recuerdos banales incompatibles con una buena villa comercial.
Le insinuaba Boswel
al doctor Johnson sus temores de perder el encanto de Londres, residiendo siempre
en la capital. Temía cansarse de Londres. “No encontrará usted hombre, a poco
inteligente que sea - le respondió Johnson - que esté dispuesto a abandonar Londres.
No, sir, cuando un hombre se ha cansado de Londres, se ha cansado de la vida,
porque tiene Londres todo lo que la vida puede ofreceros.”
De la villa “fuerte
y ansiosa”, que es Bilbao, sus hombres, vencido el rubor local y el natural que
cuesta decir ciertas cosas, no están muy lejos de creer lo que el gran
polígrafo y gran bebedor pensaba del Londres de fines del siglo XVIII.
Publicado el 12 de Agosto de 1.916
Por José F. de Lequerica en
LA ESFERA.