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lunes, 10 de junio de 2019

Gregorio San Juan García. Poeta.


Gregorio San Juan García, nación en Melgar de Yuso, donde su padre, el briviescano Gregorio ejercía el magisterio. Efectivamente, mi padre al acabar la carrera abandonó Biviesca, se casó con una vallisoletana de Olmedo y se fueron a ejercer a Melgar que es donde yo vine al Mundo.

- Has estudiado Magisterio, Filosofía y Letras y Derecho, eres traductor, bancario, escritor y político, has pertenecido al Nuevo Ateneo de Bilbao, al Instituto Vascongado de Cultura Hispánica, a la Asociación Artística Vizcaína, al Centro Internacional de Cine Documental, has fundado y has sido primer presidente del Grupo Aquelarre, has pertenecido al Patronato del Museo de Bellas Arte, al Museo Arqueológico, al Conservatorio de Música… y tienes una biblioteca de 25.000 volúmenes.

La realidad es que hace años que no hago recuento y no podría darte un número exacto, la tengo repartida en tres pisos y la comencé siendo casi niño, se puede decir que los inicios fueron en Belorado y Pradoluengo, pueblos en los que ejerció mi padre antes de trasladarse a Baracaldo, que como sabes es el segundo pueblo de Burgos.

- Tu Identificación con Baracaldo es tan intensa que incluso eres el autor del himno de la ciudad.

Sí, la verdad es que Baracaldo es un fenómeno especial de asentamiento de gente de fuera, de crecimiento industrial, de convivencia… en unos de mis libros hay un capítulo que titulo “Teoría de Baracaldo” en el que hablo del nuevo tipo humano que se gestó y que nació de la convivencia de gentes de diversa procedencias, de la tolerancia… y que todas tuvieron el mismo denominador común: el trabajo.

Respecto al himno, te diré que tuvo una gran acogida en incluso Pedro Olea lo incorporó a una de sus películas y obtuvo un premio en Checoslovaquia y también está incluido en las últimas ediciones de “Las 1.000 mejores poesías de la lengua castellana”. El Ayuntamiento aprobó en un pleno que quedase plasmado en las paredes del edificio, pero las protestas del PNV y de HB, lo han impedido hasta el momento.

- Escribes en castellano y en gallego, has traducido más de 60 libros de de diferentes idiomas. ¿Es difícil la poesía?

Hay que llevarla dentro, es un problema de sensibilidad y en cierto modo de oficio, hay que tener los instrumentos expresivos para poder decir lo que uno lleva dentro.

- Muchos de tus poemas los dedicas a Gongora, Unamuno, Amón… y en otros cantas tu amor a Castilla.

Unamuno ha sido uno de mis ídolos y he tenido el orgullo de escribir el prólogo de su novela “De Fuerteventua a París”, un libro que estuvo muchos años prohibido, Santiago Amón fue un gran amigo mío, el nació en Baracaldo y se fue a Palencia, yo nací en Palencia y vine a Baracaldo, respecto a mis poemas sobre Castilla te diré que los hice con gran amor, me considero un castellano agradecido y su azul y sus trigos son siempre materia e inspiración para un poeta, de Burgos hice unos sonetos dedicados a la Catedral y también tengo de la zona Norte de la provincia.

- Gregorio San Juan Articulista y ensayista.

Una persona que se precie de escritor debe de tocar todas las ramas, por cierto que he de confesarte que en dos ocasiones “El Correo” no se atrevió a publicar mis artículos por el contenido de los mismos y pienso que no hace falta decirte la temática de los mismos.

- También has pertenecido a varias tertulias…

La Pena es que ahora ya no existen, en Bilbao siempre han existido grandes tertulias en las que políticos e intelectuales discutían los avatares de la vida, yo he pertenecido a la de la Concordia, cuyo dueño el segoviano Elías realizó un gran trabajo de confraternidad entre el pueblo vasco y castellano, y posteriormente también tuvims otra en el Oliver con gente como Blas de Otero y Luciano Rincón.

- Intervienes en la recuperación del “Sitio” y te hacen presidente.

“El Sitio” tuvo una gran influencia hasta 1936, fecha en la que nos intervinieron el edificio, posteriormente una serie de intelectuales comprendimos que era imprescindible la recuperación de la Sociedad y tuve el orgullo de ser su primer presidente, te puedo decir que por su foro han pasado y los siguen haciendo las máximas figuras nacionales y también muchísimas internacionales.

- Fuiste concejal del Ayuntamiento de Bilbao por el PSOE.

Esto ocurrió en las primeras elecciones democráticas y por mi parte había cuatro, el caso es que lo debimos hacer bastante bien ya que en las siguientes obtuvimos once escaños, también he estado en las listas al Congreso yal Senado y en periodo pre autonómico fui delegado de cultura en Vizcaya del gobierno vasco.

- Gregorio San Juan ante todo es español…

¡Hombre!, ¿Qué otra cosa podía ser?

- ¿Piensas que el pertenecer a un partido no nacionalista ha influido para que tu trabajo no sea reconocido como se merece?

Evidentemente el gobierno nacionalista tiene unas ideas muy de ellos y muy estrechas, la realidad es que conmigo nunca han contado ni tampoco he recibido ninguna ayuda.

- ¿Cómo hijo de burgalés sigue el caminar de la provincia?

Desde luego, además estoy muy vinculado a ella ya que tengo una casita en Trespaderne y allí acudo con frecuencia, allí encuentro el bienestar y el relajamiento necesario para seguir escribiendo.

- Muchas gracias amigo Gregorio por habernos concedido esta entrevista y puedes tener la seguridad de que los burgaleses nos sentimos orgullosos de tenerte entre nosotros.

Las Gracias son para el Diario de Burgos y para ti, ya que esta entrevista me ha servido para volver a revivir un poco mi pasado y mi cuna de ambas cosas me siento muy orgulloso.


Publicado en el Diario de Burgos el 19 de Julio de 1990.





Y el homenaje celebrado en Barakaldo en 2011 reflejado en el blog: La Nieve













miércoles, 7 de noviembre de 2018

Una admirable institución que actúa en Vizcaya.- 1926


Una admirable institución que actúa en Vizcaya.- 1926


   Aún no se han cumplido los cinco años de vida de la Caja de Ahorros Vizcaína, y aparece esta Institución como una de las más prestigiosas de España; y es que por su organización y sus obras ha llegado al máximo prestigio, siendo un ejemplo vivo de lo que representan estas grandes organizaciones que viven del ahorro popular, cuando aplican sus recursos a iniciativas de alta significación social.

Interior de la Escuela de Pando (Carranza), durante la clase.
   La Caja de Ahorros Vizcaína es una fecunda iniciativa de la Diputación, que se creyó obligada a fundar esta Institución para que realizase en el Señorío una labor intensa, fomentadora de la previsión en todas sus modalidades, recogiendo de las clases populares sus economías para devolverlas en obras e instituciones de interés colectivo.

   La Caja fue dotada de un capital fundacional de tres millones de pesetas, y la Diputación, al colocarla bajo su patronato, la distinguió con su garantía.

Escuelas de la barriada de las Muñecas Altas (Sopuerta).
    ¿Es de extrañar que en estas condiciones la Caja de Ahorros Vizcaína se haya consolidado rápidamente, adquiriendo un desarrollo que los espíritus más optimistas no pudieron  presagiar? Y es que esta Caja llevó a todos los pueblos de Vizcaya el germen de su obra, dejando sentir la influencia de su acción provechosa. Es que, como organismo popular, llega a la entraña del pueblo, y hoy son todas las clases sociales las que la admiran y la prestan su ayuda, porque es una Institución de máxima solvencia, que va dejando sello de su misión bienhechora en sus múltiples intervenciones.

   El saldo de imponentes en fin de año ha de pasar de los 40 millones de pesetas. Basta esta cifra
Para testimoniar la plena confianza que el pueblo vizcaíno deposita en su Caja provincial.

   Su popularidad extraordinaria queda reflejada en los siguientes datos, que revelan el número de libretas y cuentas abiertas.

Libretas generales . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .      42.102
     “      ordinarias . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .      20.415
     “      de Ahorro Forzoso . . . . . . . . . . . . . . . . . . .          883
     “      de Mutualidad infantil   . . . . . . . . . . . . . . . .      22.545

Libretas de Capitalización . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .      12.472
     “      de Ahorro a la vista . . . . . . . . . . . . . . . . . .          337
     “      de Ahorro a mayores plazos . . . . . . . . . . . .        3.249
Cuentas de patronos que practican el Retiro Obrero
   En el grupo de Previsión . . . . . . . . . . . . . . . . . . .        3.045
Cuentas de obreros afiliados en el Retiro Obrero en
El grupo de Previsión . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .    123.516


Escuela de la barriada de Bernagoitia (Amorebieta).
   Pero donde destaca la obra de la Caja de Ahorros Vizcaína es en su acción social, en sus inversiones, sometida siempre a normas de plena solvencia, cumplidoras de nobilísimas finalidades. Y entre todas estas inversiones culmina el proteccionismo que la Caja presta a la solución del problema de la vivienda, otorgando préstamos a las Sociedades Cooperativas de Casas Baratas. Esta simpática modalidad es fomentada por la Caja del modo más provechoso.

   Once Sociedades Cooperativas que han edificado cerca de 600 casas familiares para que sean propiedad de sus socios, han recibido los préstamos de la Caja.

   Y esta acción se complementa con el Secretariado social, Oficina para tramitar los expedientes de las entidades constructoras en el Ministerio de Trabajo, a fin de hacer partícipes a los cooperativistas de los auxilios del Estado. Esta acción de la Caja de Ahorros Vizcaína ha marcado una orientación tan plausible, que no sólo ha sido colmada de elogios, sino que tiene hoy imitadores en otras instituciones que siguen su camino.

   La Caja de Ahorros Vizcaína ha hecho felices a centenares de familias de trabajadores, a las que ha redimido de una vida insalubre y de una renta excesiva, colocándolas en su hogar sano y barato, con la esperanza de convertirlo en propio.

   Esta labor se extiende al caserío vasco, otorgando préstamos a sus arrendatarios para convertirlos en propietarios.


Barriada de casas baratas, construidas por la Sociedad Cooperativa El Hogar Futuro, en Baracaldo, con préstamos de la Caja de Ahorros Vizcaína.
   Contribuye la Caja al desarrollo de la admirable iniciativa de la Excelentísima Diputación de Vizcaya, concretada con sus escuelas de barriada. La Caja ha concedido préstamos a los Ayuntamientos para levantar sus escuelas, y son ya treinta de éstas las que hoy cobijan a unos centenares de niños, que estaban condenados a ser víctimas del analfabetismo.

   La Caja, atenta siempre a las aspiraciones colectivas, ha otorgado préstamos a catorce Ayuntamientos de Vizcaya, a un tipo de interés reducido, para acometer sus obras públicas.

   La Caja de Ahorros Vizcaína, que mereció ser distinguida con el título de similar y colaboradora del Instituto Nacional de Previsión, aplica en el Señorío los seguros sociales, y aquí su obra se distingue de tal manera que bien podemos afirmar que en parte alguna se cumplió la ley de los Retiros Obreros más rápidamente, sin encontrar resistencia ni oposiciones sistemáticas.

   Asciende a ocho millones de pesetas la cantidad recaudada por las cotizaciones patronales, y Vizcaya ofrece el ejemplo admirable de no haber sido llevado un solo patrono a los Tribunales por incumplimiento de la Ley.

    La Caja, con sus veintiséis sucursales ya establecidas, sus cinco en preparación y otras tantas en proyecto, encomendada al benemérito Cuerpo de Miñones, de tan arraigados prestigios, lleva su acción a todos los pueblos vizcaínos y va intensificando su propaganda hacia la práctica de la previsión.

   Son ya cerca de tres mil los obreros que voluntariamente cotizan en el Retiro Obrero, y ascienden a 328 las Mutualidades Escolares que funcionan en plena actividad, practicando el seguro total y el socorro de enfermedad y de fallecimiento entre los miles de niños, que comienzan en los años tiernos de su vida a participar de estas funciones sociales, educando su voluntad para encauzarla hacia formas más amplias y perfectas de la previsión.

Grupo de ancianos a los que concedidos pensiones vitalicias a
 la Caja de Ahorros Vizcaína.
   Para los ancianos desvalidos, aquellos que han agotado sus energías trabajando, tiene la Caja de Ahorros Vizcaína, organizada con carácter permanente, su obra del Homenaje a la Vejez. Ella va concediendo pensiones vitalicias de una y dos pesetas a los más ancianos de Vizcaya necesitados, y todos los años, en fecha memorable, les rinde el tributo de admiración y de cariño que le es merecido. Asciende hoy a 136 las pensiones concedidas, y ha de laborar sin descanso para que no quede en Vizcaya un solo viejo sin que hasta él deje de llegar el auxilio de esta Institución.

   La sindicación agraria encontró en la Caja la necesaria ayuda; toda iniciativa de protección y asistencia social es acogida con singular afecto y se la ofrenda la protección debida; los pescadores ha merecido eficaces auxilios, y en los momentos más tristes y agobiados para esta abnegada clase, allí ha estado la Caja de Ahorros Vizcaína, llegando a sufragar los gastos de Socorro a los ancianos, al haberse agotado los recursos sociales de las Cofradías.

   Como amplias iniciativas, estudia la aplicación del seguro forestal para salvaguardar esa fuente de riqueza que especialmente la Diputación va formando en los montes devastados; fomenta la obra de los Cotos Sociales de Previsión, y no tardará en laborar por la creación de las pequeñas industrias afectas al caserío, que pueden elevar considerablemente la situación económica de la familia que lo ocupa.

Caserío adquirido en propiedad por su inquilino con préstamos de
 la Caja de Ahorros Vizcaína.
   La Caja de Ahorros Vizcaína sigue su marcha progresiva, en proporciones que no tienen precedente. Y es que el pueblo vizcaíno ve en ella su Institución y se complace de que sus beneficios, después de consolidadas las previsoras reservas, vuelvan al pueblo convertidas en obras sociales, en cooperaciones valiosas a servicios públicos, en auxilios importantes a todo aquello que va dedicado al aumento de la riqueza del país y al mejoramiento de las clases populares.

   Nuestras columnas, abiertas siempre a toda iniciativa noble y dispuesta a rendir tributo de admiración hacia las Instituciones que son honra de España, aparecen hoy consagradas a la Caja de Ahorros Vizcaína, que presentamos como modelo, en su organización y en su actuación. El ahorro no es depósito muerto de valores. El ahorro, que representa orden y disciplina en la vida, ha de ser engendrador de riqueza y bienestar. Mas para ello se hace preciso que el caudal de sus recursos caiga en Instituciones como esta Caja a fin de que los recojan y los distribuyen, para ir sembrando nuevas fuentes de riqueza, para que intensifiquen la acción de esas grandes obras sociales de que tan necesitado está nuestro pueblo. Y así es como se cumplen y satisfacen orientaciones legítimas. ¡Qué hermoso es volver a las clases populares lo que de ellas se obtiene, para ir elevando su condición y apagando tanta miseria!

Hermosa barriada de casas baratas, de la Sociedad Cooperativa La Tribu Moderna, edificada en Baracaldo con préstamos de la Caja de Ahorro Vizcaína.



­ Publicado en 1926 en LA ESFERA.

Obra original perteneciente a los fondos bibliográficos de la Fundación Sancho el Sabio Fundazioa. (Vitoria-Gazteiz).


sábado, 25 de marzo de 2017

Apaga y vamonos.- 1995

Apaga y vamonos.- 1995


   Alimentado con carbón vegetal y reanimado con inyección de aire frio, el primer alto horno lo construyó la sociedad bilbaína Ibarra, Mier y Compañía, en la fábrica de hierro Nuestra Señora de la Merced, del cántabro valle de Guriezo, límite con Vizcaya. Era 1847 y la revolución industrial gateaba aún en pañales. Sólo un año después, empezaba a funcionar el alto horno de la fábrica de Santa Ana, en 1855 se encendían los de Nuestra Señora del Carmen, en Baracaldo, y en1890, los tres altos hornos de la sociedad Vizcaya.

Aspecto de Altos Hornos de Vizcaya de Noche.
   Con estos poderes llega el Bilbao de principios de siglo al 26 de junio de 1901, la fecha. Se reúnen ese día los representantes de Altos Hornos y Fábrica de Hierros y Aceros, los de Vizcaya y los de Iberia, para firmar el acuerdo de fusión de las tres empresas. Nace Altos Hornos de Vizcaya Sociedad Anónima. Treinta y tres millones de pesetas, el capital inicial; doscientos administrativos, catorce ingenieros, setenta y cinco contramaestres, cinco mil seiscientos obreros y doscientos treinta mineros, la plantilla. Se cierra el primer ejercicio con una producción de 147.778 toneladas de acero.

   La ría, el perdido Nervión, es entonces, escribe Unamuno, “una ría de reflejos metálicos, sucia de ordinario con escurrajas negras de carbón y rojas de menas de hierro; una ría que se hincha a las horas de la marea con el agua del mar cercano, y luego en bajamar se convierte casi en una cloaca; una ría que parece arteria de enfermo”.

   Y es, tras la guerra, símbolo. El franquismo se vuelca en el apoyo de Altos Hornos, pilastra del régimen. La reconstrucción nacional aumenta la demanda, pero el aislamiento y la falta de divisas impide el necesario acceso a las firmas extranjeras para la compra de instalaciones. Cada mejora técnica es anunciada a bombo y platillo. La batería de cincuenta hornos de coque es inaugurada por todo lo alto, igual que la acería LD de tres convertidores, tres mil toneladas de arrabio de capacidad máxima, igual que los trenes de laminación de Ansio.
   En 1972, se alcanzan por primera vez los dos millones de toneladas de acero. Pronto, sin embargo, llegará la agonía.

   La crisis estalla en 1974 y a partir de 1978 se hace insostenible. Dos mil ochocientos millones de pérdidas en 1977, siete mil millones en 1978, nueve mil millones en 1979, con peligro incluso para el pago de nóminas. En febrero de 1980. El gobierno destina diez mil millones de pesetas para la operación a corazón abierto de Altos Hornos de Vizcaya. Se consigue superar la producción del año anterior, pero se pierde casi once mil millones de pesetas. Los gastos son superiores a los ingresos que, por otra parte, superan los de Gran Bretaña, Italia y Japón.
   El 4 de mayo de 1981, seis bancos privados firman un acuerdo para financiar AHV con cuarenta y un mil millones de pesetas.

Javier Miranda saca con un cazo una muestra de Arrabio
   Cuatro días después, el Gobierno aprueba por decreto la reestructuración. Adecuación al sistema de precios de la CECA, el INI avala un crédito por valor de ocho mil quinientos millones para AHV, se encarga el informe Kawasaki. La consultora japonesa concluye: instalaciones caras, alto coste salarial. Con siete mil obreros y diez mil técnicos y administrativos menos se conseguiría una mayor producción. Una inversión aconsejada de ciento cincuenta mil millones de pesetas.

   La arteria del enfermo termina a reventar. Ocho mil quinientos millones de pesetas perdidos en 1982, cinco mil trescientos millones en 1983, catorce mil millones en 1986, trece mil millones en 1987… pozo sin fondo, quiebra técnica. El 28 de octubre de 1992, el Consejo de Ministros aprueba, junto a una aportación pública de seiscientos mil millones de pesetas, la creación de la Corporación de la Siderurgia Integral (CSI), que incluye bajo sus siglas a los eternos rivales Altos Hornos de Vizcaya y Ensidesa y que está estructurada en Planos, Productos Largos y Transformados. El primer paso fue dibujar el Plan de Competitividad, que idea la sustitución de cabeceras por miniacerías, como la compacta, cuya primera piedra acaba de ser colocada en Sestao.

   Nada más cruzar la barrera, el paisaje cambia de forma brutal. Los edificios “normales”, los de cemento, ladrillo y varios pisos, dejan lugar a enormes e incomprensibles estructuras férreas que tienen a un tiempo, aires de monumento y de ruina. Kilómetros enteros de gigantes de hierro encadenados por puentes de metal, sujetos por vigas de metal, cruzados por vías y tubos de metal, horadados por puertas y ventanas de metal, dan al conjunto un aspecto sobrecogedor. En cierto modo, parece una ciudad fantasma, abandonada por la mano del hombre y conquistada por el tiempo, el polvo, el óxido y el olvido. Los colores van del rojo herrumbroso de la tierra al gris plomizo del cielo. En medio, una mezcla de barros negros, de cristales rotos que dejaron hace mucho de ser transparentes, de barracones derruidos, de torres oscuras con vigas desnudas que amanecen hoy por última vez, de edificios que no volverán a ver la luz del sol. Chatarra. Toneladas de chatarra, montañas de hierros retorcidos que se mezclan en posturas imposibles, un kamasutra metálico cuyos reflejos pasan del gris al rojo, del rojo al negro, del negro al gris…

Félix Heras en el Horno Uno. 
   Sin embargo, la ciudad no está del todo muerta. No todavía. Si se ajusta la mirada a escala humana, algunos de esos gigantes dejan ver, entre sus pliegues y heridas, decenas de pequeñas siluetas en movimiento. Como hormigas, los trabajadores van ordenadamente de un lugar a otro, cumpliendo con precisión misiones para nosotros desconocidas, pero sin duda fundamentales: pican, cortan, sujetan, apartan, golpean, sueldan, almacenan, transportan, vigilan… En total quedan unas tres mil personas aquí. En tiempos, llegó a dieciocho mil.

   Altos Hornos de Vizcaya, el símbolo al rojo de la España industrial, se muere. A su enorme corpachón de acero le van fallando poco a poco los órganos, en un proceso lento de deterioro que comenzó hace casi tres lustros y que llega ahora a su fase final.

   Es 15 de febrero, y en un gran descampado, que hasta hace sólo unos días albergaba alguna de las partes de este gigante ya sentenciado, una carpa blanca e inmaculada se prepara para dar la bienvenida al sucesor. A su alrededor, los monos azules, con sus tres letreas AHV (Altos Hornos de Vizcaya), se mezclan con los monos blancos, a estrenar, que ostentan las nuevas siglas: ACB (Acería Compacta de Bizkaia). Los altos hornos se han convertido en acería compacta; Vizcaya, en Bizkaia.

La nueva generación.

   A la carpa blanca, levantada expresamente para la ocasión, llegan los políticos a pronunciar sus discursos y a colocar la primera piedra de recién engendrado heredero. El ministro de Industria, Eguiagaray, y el lehendakari Ardanza, celebran el nacimiento de la nueva planta, cuatro veces más productiva que la vieja, depositaria de una tecnología pionera que se va a utilizar por primera vez en Europa. Todo van a ser ventajas; menor tamaño, entre un veinte y un veinticinco por cien menos de costo; desaparición de procesos intermedios de transporte y almacenamiento de semiproductos; menor número de trabajadores (en total trescientos ochenta) y, por lo tanto, mayor ahorro. Ambos hablan de coladas continuas, planchones, productos largos, terminados en caliente, transformados, hornos eléctricos, prerreducidos, trenes de laminación en frío y bobinas de banda como si no hubieran hecho otra cosa en sus vidas que trabajar el acero.

   Solo un poco más allá, enfundado en su mono azul, Mariano Curiel no escucha los discursos. Tiene la vista perdida, fuera de la carpa, en algún lugar de la línea de estructuras del fondo. Allí, las grúas continúan su trabajo contra las siluetas rotas de los edificios. El cielo, de plomo y acero, pesa ahora como una losa. En aquellas torres, junto a la ría, Mariano ha pasado los últimos veintisiete años de su vida. Allí están, aún en pie, las baterías de coque, el material que, mezclado con el mineral de hierro y calentado a mil quinientos grados, se fundirá en arrabio, del que después se obtendrá el acero.

Mariano Curiel señala una de las baterías de coque.
   Mariano Curiel se acuerda del trasiego continuo de las gabarras que descargaban el carbón: “del barco, el carbón iba directamente a la torre de mezclas, donde hacíamos el coque. Después, por aquellas rampas del fondo, el coque llegaba hasta el horno alto”. No vemos las rampas, pero es igual. Mañana nadie más podrá verlas ya. Esas torres que Mariano mira con nostalgia serán derribadas justo al día siguiente. Ahora ya no se fabrica el coque allí mismo, como siempre se ha hecho; se trae, ya preparado, de otros lugares, Las baterías donde éste y muchos más hombres han gastado sus vidas ha dejado de ser útiles.

   Oficinas centrales de AHV en Baracaldo. Ignacio Agreda, director de Comunicación, explica cómo el proceso de concentración de las empresas siderúrgicas se ha hecho obligatorio en toda Europa. “En España, este proceso estaba aún pendiente. Las grandes siderurgias integrales, como Altos Hornos y Ensidesa, hace mucho que no son rentables. El Estado se encontró con participación en estas dos empresas, que además de perder dinero, eran rivales. Y entonces creó un organismo, la Corporación Siderúrgica, que las incluía a ambas. Un centenar de técnicos redactó un plan de viabilidad y se racionalizaron las tareas. Se pensó que este era el lugar adecuado para una acería compacta”.

   Y probablemente sea así. Si todo marcha como está `revisto, la nueva acería producirá, a partir de mediados del año que viene, un millón de toneladas de acero anuales, casi tanto como su gigantesco antecesor (las instalaciones de AHV ocupaban más de cinco millones de metros cuadrados y producían un millón y medio de toneladas anuales) y dividirá por cuatro los costes. La siderurgia, al fin, volverá a ser rentable en España.

Canales de fuego.

   Alto horno número Uno, turno de mañana. Los hombres están agrupados junto a las barandillas que dan al exterior. La boca del horno, alrededor de la que todos trabajan, no está al nivel de calle, sino varios metros encima. Algunos están sentados, otros permanecen de pie. Parece que no tienen demasiado que hacer, pero la impresión pronto se revela falsa. El trabajo, aquí, llega a borbotones, de forma discontinua y a mil quinientos grados de temperatura. El suelo es de arena y en la arena hay canales, regueras muy parecidas a las que utilizan los hortelanos para alimentar su huerta. Solo que por estos canales, en vez de agua, circula mineral fundido del que saltan chispas incandescentes, tan bellas como peligrosas. Al contacto, producen quemaduras horribles. Nadie conoce sus trayectorias, ni hasta dónde son capaces de llegar. Depende de la temperatura de la colada y de la humedad de la arena con la que hacen las barreras, depende de hacia dónde sople el aire, depende del destino. Javier Miranda, de treinta y nueve años, luce una quemadura reciente en el dorso de su mano derecha. Una costra a medio formar no consigue tapar del todo el pequeño boquete en la carne. Alrededor, un halo rojo revela una incipiente infección: “se pondrá peor –dice- es una quemadura de escoria, y esas son las malas. Si fuera de arrabio, sería más limpia, duraría menos y no se infectaría. ¿Qué cómo lo hice? Pues vi una chispa entrar derechita en mi guante. Me lo arranqué enseguida, la chispa apenas tuvo tiempo de rozarme, pero fue suficiente para hacerme esto”. Si hubiera tardado un poco más en darse cuenta, la chispa le habría podido atravesar la mano.

   Los hombres se acercan mucho al mineral fundido, a veces demasiado. “Cuando se atasca la reguera a la salida del horno –explica Gregorio Gundín, el jefe de equipo- hay que entrar hasta allí y desatascarla a mano, usando unas varas de metal. Hace tanto calor que se nos funden las suelas de los zapatos. Lo peor son los continuos cambios de temperatura, que nos machacan los huesos”. Llega una “cuchara torpedo· una especie de gran contenedor sobre raíles que se coloca justo debajo de la barandilla, la abertura superior bajo el canal por el que caerá el arrabio. Dos hombres, armados con largos palos metálicos, la herramienta más común aquí, se acercan a los caños ardientes y, mediante el simple procedimiento de retirar una barrera de tierra aquí y levantar otra allá, cambiar el curso de este candente río de lava a llenar la panza de la “torpedo”. En menos de diez minutos se vuelve a cortar ese canal y se abre otro, de desemboca en un segundo punto de carga. Las “torpedos”, una vez llenas, se dirigen a la acería, donde descargarán su contenido en grandes convertidores en cuyo interior se producirá el milagro y el arrabio se convertirá, por fin, en acero.

Gregorio Gundin observa como Francisco Javier Arruza toma la temperatura del arrabio.
Miedo al futuro.

   “Aquí hay tres maneras de reaccionar ante el cierre de Altos Hornos”, explica Gregorio Gundín, que a sus cincuenta y siete años es, hoy, el más veterano de todos los trabajadores que quedan en la empresa. “Por un lado están los que, como yo, hemos superado los cincuenta y dos años, que tenemos jubilación anticipada. Perdemos dinero, pero por lo menos tenemos el futuro resuelto. Luego están los que ahora tienen cuarenta y siete o cuarenta y ocho años. Aún no alcanzan la edad de la prejubilación, y están preocupados porque no saben si, cuando lleguen a los cincuenta y dos, seguirán teniendo derecho a cobrar. Tal como están las cosas, en cuatro o cinco años puede pasar de todo. Y luego están los más jóvenes. Para ellos es otra historia. Les han prometido recolocarles en otras empresa, pero no las tienen todas consigo”.

Dos operarios enfriando la boca del horno.
   Lo que Gregorio Gundín y su equipo tienen absolutamente claro es que hoy, 16 de febrero, sólo quedan doce días para que apaguen el Horno Uno, y con él sus puestos de trabajo. El 28 de febrero es la fecha fatídica. (Si todo va según lo previsto, cuando aparezca este número de ByN hará ya cinco días que el Horno Una ha dejado de funcionar).

   Faltan, pues, doce días para que el fuego se apague al mismo tiempo en la boca del horno y en los corazones de los que lo han mantenido vivo hasta ahora. “El horno –dice Gregorio- es como una persona. Tiene su carácter y hay que entender lo que nos dice en cada ocasión. Hay días que está alegre, Ahora, por ejemplo (y mira hacia la boca con cierta desconfianza) está a punto de empezar a soplar”. Eso significa que la lluvia de chispas se va a intensificar, reacción que se produce cuando el nivel de líquido dentro del horno baja demasiado. Solución: usar el cañón tapa piquera, que rota sobre sí mismo hasta introducirse en la misma boca del horno, donde escupe una masa negra que la sella. Más tarde, cuando el nivel de arrabio hay vuelto a subir, el precinto se romperá y en las regueras volverá a correr el mineral hacia las “cuchara torpedo”.

Andrés Díaz, vigilando en continuo flujo de agua 
de refrigeración del alto horno.

Final Inesperado.

   Andrés Díaz es el vigilante de agua del Horno Uno. Tiene 51 años y lleva veintidós en la empresa. Irá un año al paro, hasta que alcance la edad de la jubilación anticipada. Entonces, todo habrá terminado para él. “Es una pena –afirma- no tanto para nosotros, sino para los que vengan detrás. Altos Hornos era un símbolo, algo que parecía que no se iba a terminar nunca. Cuando uno entraba aquí, era como entrar en un ministerio. Ya tenía trabajo para toda la vida, ya se podía comprar un piso, y un coche, y formar una familia. Me pregunto de qué van a vivir los que vengan detrás. Pobres jóvenes”.

   Llegan las dos y termina la jornada del turno de mañana, que entró a las seis. Con cariño y esmero se limpian las regueras, se disponen los puentes de hierro sobre los canales, se retira la escoria, se deja todo dispuesto para el turno de la tarde. Unas cervezas en “El Alubiero”, el bar que lleva tres generaciones dando de comer y de beber al personal, y a casa. Mañana, como siempre, será otro día. No se terminan de hacer a la idea de que jornadas como la de hoy quedan pocas, muy pocas, y que lo que ayer parecía eterno hoy se disuelve entre los dedos con pasmosa velocidad. No se quieren hacer a la idea de que días como el de hoy ya jamás, nunca, volverán.


* * * * *


Publicado por José Manuel Nieves y Pablo Duran en 1995

en la revista Blanco y Negro.

Obra original perteneciente a los fondos bibliográficos de la Fundación Sancho el Sabio Fundazioa. (Vitoria-Gazteiz).

http://hdl.handle.net/10357/11274



sábado, 18 de marzo de 2017

Malos humos.- 1994

Malos humos.- 1994


   Dicen en Barakaldo que es el único pueblo de Euskadi en el que no se puede agarrar una buena borrachera porque los efectos del amoniaco, que persisten en el medio ambiente, le quitan a uno todos los vapores etílicos. Este chascarrillo popular es reflejo palpable de lo que padecen a diario y desde hace décadas los 100.000 habitantes de la localidad vizcaína, como los vecinos de ambos lados de la ría del Nervión.

Las emisiones incontroladas amenazan muchos polos industriales.
   El sábado 22 e3 noviembre, más de 2.000 baracaldeses se manifestaron para protestar contra la muerte de Jesús Artiagoitia. Su hija Itziar, presente en la concentración, sólo acertaba a repetir con patetismo el último recuerdo de su padre: “Abrió la ventana, tragó todo y cayó fulminado al instante”.

   Jesús Artiagoitia, que acababa de cumplir 70 años, tenía costumbre de ventilar su habitación. Sin embargo, aquella noche, la bocanada de aire fresco fue una bofetada espesa, amarilla y tóxica. Esa misma mañana, una fuga en la empresa Rontealde, la vecina factoría de ácido sulfúrico, dio lugar a una concentración inusual de anhídrido sulfuroso o dióxido de azufre (SO2), 13 veces superior al nivel permitido por la ley.

   La bocanada de Artiagoitia es otro latigazo a la decadencia de Baracaldo. Núcleo de población agrícola y ganadera en el siglo pasado, se ha convertido a lo largo de este siglo en una urbe, una megalópolis industrial, consecuencia directa de la explosión siderúrgica. Nadie recuerda el Baracaldo verde y frondoso, el de las huertas de pimientos y espárragos. Con la llegada a mediados del siglo pasado de los Ybarra, los Cousset, los Krupp y los Geuschin, la huerta se transformó en fábrica, en hierros retorcidos con olores a azufre o amoniaco.

    A principios de siglo, la población de Baracaldo se multiplicó por 30. La expansión siderúrgica atrajo también a las empresas químicas. Sin embargo, la falta de control, la ausencia de medidas y una legislación benévola han causado estragos en el gran Bilbao.

   Los responsables de la empresa Rontealde, la responsable del escape, considera que se ha sacado de quicio el tema. Koldo Iturraeta, jefe de producción, estima que siempre se ha respetado las normas y que la emisión de anhídrido sulfuroso nunca ha superado los 150 microgramos por metro cúbico que establece la ley. Pero reconoce que, al poner en funcionamiento la máquina principal, ha podido haber una emanación superior. “Ha durado poco tiempo y la mala suerte que hemos tenido es que hiciera ese día viento sur y todo se quedara en Baracaldo, en vez de dirigirse hacia la ría”, recuerda.

   Esta versión choca con la del grupo ecologista Eguzki, que lleva años luchando contra los atentados que se comenten en su ciudad. Chimeneas de humo amarillo escoltan la calle Buen Pastor del barrio de Lutxana, frente a la fábrica Sefanitro y Rontealde. Fernando, miembro de la organización explica su postura:

   “Esto es continuo. Llevamos cerca de diez años peleando contra esta empresa. Primero para que no se instalara y después para que se controle. Pero aquí cierran todos los ojos, desde el Ayuntamiento hasta el Gobierno vasco”.

   Razón no le falta a este joven baracaldés. El escape registrado hace diez días, en la empresa Rontealde, es el sexto ocurrido en los últimos seis años. La muerte de Artiagoitia es la segunda causada por los escapes. Pero, en el juicio, los responsables de la empresa salieron absueltos del presunto delito ecológico.


   El dióxido de azufre, el cuerpo del delito, es una molécula con dos átomos de oxigeno y uno de azufre (SO2). Tiene muchas aplicaciones en la industria: se usa en la fabricación de ácido sulfúrico, sulfuro de carbono, disolvente, pasta de papel, gas de circuitos cerrados de refrigeración. Este producto genera fenómenos irritativos sobre la mucosa ocular que pueden derivar en conjuntivitis crónicas. El contacto a grandes dosis predispone a la acidosis metabólica, una vez que la sangre absorbe el SO2. La acidosis puede provocar trastornos en algunos órganos del individuo, como el músculo, respiración, corazón, incluso provocar arritmias cardiacas. ”Si  las concentraciones se elevan, todo se puede agravar y conducir una bronquitis, un edema agudo del pulmón o la muerte de sujeto. El principal grupo de riesgo lo componen las personas afectadas de bronquitis o enfisemas”, confirma el doctor Rafael Cabrera, del Instituto Nacional de Toxicología. Artiagoitia tenía problemas respiratorios.

Chimenea principal de la fábrica de Rontealde.
   “Nos van a matar a todos”, afirma Mari Carmen, vecina del barrio de Lutxana que acaba de recoger a su hijo de la escuela. Como muchas madres, el día de los incidentes corrió a buscar a su hijo. Acababa de oír por la radio que se cerraran todas las ventanas y que la gente se quedara en casa: “Me asusté, pero es así todos los días. De noche no puedes colgar la ropa porque al día siguiente aparece amarilla. Si es de Nylon, con agujeros”, explica Mari Carmen.

   Los coches, las fachadas de las casas y los árboles son también víctimas de esta contaminación. Según los ecologistas, durante muchos años y sin ningún control se ha vertido a la ría todo lo que contaminaba: “Seguimos a unos camiones que salían de la empresa y vertían al mar todos sus residuos”, comenta Fernando. En el bar Casa Social y Club del Jubilado del barrio de Lutxana de Baracaldo, jóvenes y viejos contemplan las chimeneas de las empresas químicas que lanzan al cielo los humos contaminantes. Forman parte de su vida cotidiana.

   “Es preocupante y hasta alarmante que los baracaldeses no se movilicen más. La gente reacciona sólo frente a la tragedia y es que en época de crisis y con mucho paro nadie está para que se cierren empresas aunque contaminen”, explica José Luis, un jubilado de 68 años.

   El Gobierno vasco acusa a los responsables de la fábrica de incumplir el protocolo a seguir en los arranques y paradas de la planta. Técnicos alemanes que pusieron en marcha hace casi diez años las máquinas de Rontealde se han desplazado hasta Baracaldo  para verificar las instalaciones. Desde el ejecutivo de Vitoria se afirma que no se persigue el cierre definitivo de la fábrica, sino que se resuelvan los problemas de emisión. La calle está convencida de que las medidas no servirán de nada y serán provisionales, que las empresas contaminantes seguirán como siempre a su libre albedrío sabiendo que el negocio es más importante que la salud de sus habitantes.


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Publicado por Gorka Landaburu y Javier Olivares el 7 de Noviembre de 1994

En Cambio 16

Obra original perteneciente a los fondos bibliográficos de la Fundación Sancho el Sabio Fundazioa. (Vitoria-Gazteiz).

http://hdl.handle.net/10357/15271