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miércoles, 1 de febrero de 2023

“Míster Nadie” ha muerto ahogado. - 1934

 

“Míster Nadie” ha muerto ahogado. -1934


En la tarde sombría del otoño ha entrado el barco en el Abra bilbaína. Va a escabullirse hacia la ría, bajo el portalón metálico del Puente Colgante, hermano del de Marsella y remedo de la torre parisiense que Eiffel erigió para la Exposición internacional años antes.

Quedan a un lado las “villas” alegres de Las Arenas, ahora batidas en sus cristales por la llovizna, antes plácidamente tendidas al sol; y al otro, las construcciones macizas, severas, de Portugalete, azotadas por el chubasco del Noroeste.

Entra el barco. Viene de Cardiff, de Glasgow, de Amberes, de New Castle, de Rotterdam, de Hamburgo, de Dantzig… No importa de dónde sean. Para el sencillo espectador del muelle, todos son ingleses, aunque sean alemanes, holandeses, polacos, belgas o lo que sea. Ingleses todos: los barcos, los tripulantes, los que nos llevan –o nos llevaban- el mineral de hierro y los que nos lo devuelven –o nos lo devolvían- convertido en maquinaria, alfileres u hojitas de afeitar.

Como el bilbaíno apenas matiza en estas cuestiones raciales, y ya hay amigo mío que cree que saliendo del puerto todo es América, a Inglaterra le hemos asignado, de siempre, toda la población “flotante” que entra por la ría, y al decir “flotante” se deja entender que entra flotando.

Enfilada la ría, los muelles ofrecen al barco la falsilla precisa para que, lentamente, precedido del práctico, vaya escribiendo el último renglón en la hoja de ruta, y la nave se adentra por ella, entre la floración de mástiles y chimeneas, guiada por la atracción irresistible de los campanarios.

Ya hay poco que hacer a bordo. Nada más que conservar la marcha justa hasta llegar al muelle de atraque. De modo que la gente sube a cubierta a ver el panorama y a comunicarse en voz baja lo que en voz alta no podría ser comunicado.

Ha quedado atrás la cara agria del mar, llena de las arrugas que le hace la ira incontenible y, por esta vez,  el monstruo ha sido vencido.

El suelo firme espera, y en el suelo firme, el amor movedizo y deleznable de las mujeres de alquiler, sirenas de baja estofa varadas en rincones apacibles, llenos de humo, de olor a vino y a humanidad sudorosa.

Aguardan en tierra unos brazos femeninos cansados de abrazar sin ganas, y otros labios pintarrajeados que beben sin sed, besan sin amor, mienten sin necesidad y blasfeman para presumir. Y el presentimiento de todo esto agolpa en la proa a los marinos, y la proa se llena de urgencias masculinas y de exclamaciones sonrojantes.


El Puente Giratorio, uno de los últimos baluartes del  anacrónico derecho de pontazgo, se abre reverenciosamente al barco que llega. Ha quedado atrás, envuelto en la gasa de la llovizna, todo el paisaje de la ribera, cuajado de recuerdos de guerras carlistas, ya la nave extranjera entra hasta el Arenal, hasta donde el tráfico marítimo acuchilla la población con su ir y venir de proas afiladas. Junto al muelle, recostado en un zócalo renegrido de gabarras sucias de carbón, queda a reposar la embarcación, mientras las grúas, con sus plumas ágiles y poderosas,  le hurgan en las entrañas de sus bodegas para robarles el secreto que traen de tierra extraña. Y antes que la noche llegue, el marino salta a tierra a vivir lo que ha había soñado en su angosta litera.

Estos marinos extranjeros, en cuanto saltan a tierra, son hombres al agua. Mejor dicho, al vino.

El vino es barato en nuestro país; inverosímilmente un alcohol con el que no reza la trágica sentencia de que “el  alcohol envenena lentamente”, pues el que envenena lentamente es el bueno. El malo es más rápido y expeditivo en sus efectos.

Estos hombres, guiados por su instinto, más certero que las indicaciones de un nomenclátor, hacen rumbo hacia donde quieren llegar. No hay brújula ni sextante que tan seguramente les haga recalar donde les espera el goce. A lo sumo, si antes de salir de los muelles han encontrado en las “tascas” próximas y pierden el timón en una marejadilla interior, solicitan una breve indicación del primer transeúnte que encuentran.

El dialogo es rápido, en el idioma universal de la mímica. El extranjero emplea una palabra rotunda, bestial, acaso la única que sabe en español, y la subraya con un ademán relativamente congruente, aunque sólo indica la acción de acostarse, y el transeúnte, que sabe que todos los caminos van a Roma, le señala con el índice la dirección que ha de seguir para ir indefectiblemente a parar más arriba de la calle San Francisco, donde hallará caricias de varios precios y alcohol de diversas graduaciones.

La calle de San Francisco es una calle de la Amargura para el nauta desembarcado. En ella hay una infinidad de tabernas y bares, y, por lo tanto, es una calle que, como la vida, hay que pasarla a tragos. El marino la recorre en zig-zag, trompicando de una acera a otra y de una a la otra tasca. Hasta que sus huesos, ajetreados por el viaje, reclaman reposo en un lecho de alquiler en el que yacer placenteramente.

La vida es corta y el viaje es largo. Uno no sabe en qué pliegue de las olas tendrá que dejar su cadáver consignado a los peces. Son muchos días de mar, colgado del mundo, comiendo pan duro y soñando con las delicias de la tierra firme, para que ahora se desdeñe la ocasión. Se apura el vaso y se apura el beso. Un día es un día y una noche es una noche. Son perogrulladas que el marino tiene muy en cuenta.

Luego viene el regreso al barco. Estos mozos rubios y renegridos vuelven al muelle encorvados bajo el peso del insomnio, bañados de optimismo y de alcohol, con la mente obnubilada y balbuceando una tonada impregnada en recuerdos de su rincón nativo. Rehúsan bruscamente ofrecimientos ya innecesarios de las busconas del muelle y se dirigen con paso incierto a su hogar flotante. Es suerte la de quienes, de tumbo en tumbo, equivocan el camino y van a caer, bajo el peso de su borrachera, en cualquier banco público. Porque a quienes no les ocurre este percance les queda la peor aventura.

Una borrachera normal duplica las imágenes en la mente del borracho. Pero si el borracho es uno de estos marinos, la borrachera no es normal, y ante sus ojos se multiplican los objetos. Y lo malo es que hay que pasar al barco. Y hay que pasar por una planchada angosta, de madera. Una planchada que al marino  se le hacen cuatro o cinco o equis planchadas.

-¡Qué amable el patrón!- deben balbucear en su lengua vernácula, un  poco adulterada por la trabazón que el vino pone a todos los idiomas. –Ha puesto cinco planchadas para que pase…

Y vienen las dudas, las perplejidades.

-¿Por cuál de ellas paso? ¡Pasaré por la de en medio!

El pie busca apoyo en el vacío. Un grito taladra la noche, y el cuerpo  de un marino borracho quiebra la lámina del agua.

Al día siguiente, o a los dos días, zarpa el barco, a encararse de nuevo con las iras y las calmas del mar. Lleva un hombre menos. ¡Bah, se habrá entretenido. Mañana hay que estar en Gijón y salir enseguida para Inglaterra. No es cosa de esperar a los que se entretienen. Estará detenido en la Comisaría, por alguna bronca, o le habrá retenido el calor de una mujer…

Al tercer día aparece un cadáver flotando en la ría frente a la Campa de los Ingleses. No se sabe quién es ni se pone mucho empeño en averiguarlo. Cualquiera. Mejor dicho, nadie. El Juzgado cumple su obligación levantando el cadáver. Y utilizando la pobre nomenclatura de la gente del muelle, define que es inglés. Aunque una madre y una novia le esperen vagamente en Holanda, en Alemania, en Polonia o en Bélgica.

El juzgado cumple su misión, y el enterrador del cementerio británico, la suya.

Sobre el cadáver del marino extranjero que pagó con su vida su última borrachera y su última noche de placer, una cruz cancela su vulgar historial de hombre anónimo.

“Míster Nadie” yace para siempre bajo los árboles del cementerio de Lujua, en un plácido rincón del valle de Asúa. Hoy, Día de Difuntos, nadie deposita una flor sobre la tierra en que reposa, nadie cuelga una corona en los brazos extendidos de su cruz, nadie derrama una lágrima sobre su recuerdo, ni nadie recita una oración por su alma. Nadie se acuerda del difunto “míster Nadie”, porque no hay quien suponga que él, victorioso de tantas tempestades en las que el mar se ponía en pie con toda su ira, fuese a morir en las apacibles aguas de la ría.


Y así fue. “Miste Nadie” murió ahogado más de trescientas veces en la ría de Bilbao. Más de trescientas cruces lo atestiguan en el cementerio británico.

Publicado por Benjamín Nuñez Bravo en la revista Crónica.


sábado, 24 de noviembre de 2018

En favor de un pueblo caído en la más dramática miseria. – 1934


En favor de un pueblo caído en la más dramática miseria. – 1934


Una perspectiva del pueblecito de San Julián de Musques, en Vizcaya. Sus tierras han quedado estériles
  para el cultivo, tras el  trabajo minero de los años últimos.


   Era tranquilo el ritmo de la vida en el pueblecito de San Julián de Musques. Tierras verdes cielos plomizos de Bilbao. Un paisaje ondulado de montes de valles, una canción frecuente de lluvia. Las horas se deslizaban blandamente, iguales y felices. El trabajo llevaba su alegría a todos los hogares y ponía horizontes despejados ante todas las vidas. Los hombres de San Julián de Musques vivían sin la  inquietud del mañana incierto. El fantasma del hambre no existía para ellos, entregados a aquel ritmo plácido y seguro de la vida en el pueblecito de Vizcaya.

   Tierra dminas esta de San Julián de Musques. De las entrañas della había surgido la obscura riqueza que era el pan del pueblo. Todos los hombres del lugar estaban trabajando en las explotaciones mineras, y aun había labor para muchos de otros sitios. En la mejor época llegó a haber ecada mina trabajo basta para tres mil hombres.

Todavía logran trabajar en las minas algunos obreros, mínima parte de los que hace
unos años trabajaban en las entrañas de la tierra de este pueblecito vasco.


   El rendimiento de esta tierra era verdaderamente extraordinario. Una auténtica riqueza surgía de las entrañas del pueblo, y en los hogares era unánime y gozosa la felicidad. Aquella riqueza se expandía por toda Vizcaya; iba, más allá de la tierra propia, a convertirse en nueva vitalidad y en riqueza nueva.

   Todo ello, sin embargo, quedó atrás. El horizonte de aquella vida feliz se ensombreció. Las dramáticas palabras que son hoy el leith-motiv de la vida española-crisis, falta de trabajo, paro ... -se proyectaron sobre San Julián de Musques, apuñalando su ambiente tranquilo, alejando de sus calles la animación de los días anteriores. Se fue paralizando el trabajo en las minas. Se cerraron varias, y otras, en las que los trabajadores se contaban antes por miles, apenas tenían ahora una veintena de hombres.

Son pocos los obreros que logran trabajar en San Julián de Musques. La mayor parte de ellos marcharon fuera,
 dejando sus hogares. He aquí un grupo de los que aún quedan en d pueblo, a la hora de la
comida, en un intervalo de la diaria labor.

   Dejó de ser tranquilo el ritmo de la vida en San Julián de Musques. Día a día, la necesidad apretaba más su cerco al pueblo que había entregado todo su esfuerzo y toda su riqueza a Vizcaya. La tierra, por los trabajos de minería en ella hechos, habla quedado estéril para toda clase de cultivo. No quedaba el recurso de la agricultura, de obtener de la tierra los frutos que pudiesen ayudar a la vida diaria.

   Agotadas todas las posibilidades de trabajo, casi imposible ya la vida, los hombres empezaron a marchar del pueblo. Iban a la capital o a otros pueblos, tras lo que en el suyo no hallaban: trabajo, pan de los suyos. Quedaban desiertas las calles de San Julián de Musques. En los hogares era ya una realidad palpitante y viva la miseria. Ropas y muebles iban siendo empeñados, y lo más necesario de los pobres ajuares marchaba de ellos para ser convertido en un pedazo de pan. Casi todo el pueblo estaba ya bajo el signo dramático del hambre.

Tienen un aspecto de desolación estas perspectivas actuales del pueblo ayer feliz y hoy caído en la más dramática miseria.  Ved, arriba, un aspecto parcial de la mina “El Hoyo”, en la que todavía trabajan muy pocos obreros. 

   Apenas quedaron en San Julián de Musques más que mujeres. Mujeres que remendaban una y otra vez las pobres ropas destrozadas y envejecidas, que eran lo único que había quedado en el bogar acosado por la miseria. Mujeres y chiquillos, en esa lenta agonía de las horas cada vez más obscuras, del pan que falta, de los días que se marchan sin huella de esperanza.

   El paisaje-sinfonía de verdes y de grises era el mismo de hace unos años, y, sin embargo, tenía ahora un tinte inédito de pesadumbre, como si la necesidad de aquellos hombres y aquellas mujeres se hubiese materializado en sombras, en nubes nuevas sobre la tierra del pueblo. El espectáculo de San Julián de Musques -pueblo empobrecido, vida miserable, calles desiertas- habló al corazón de los que podían atenuar ese estado de cosas. Surgió una suscripción para que aquella miseria no abocase a una situación trágica. Inició este movimiento de atención la Radio Emisora Bilbaína. La apremiante llamada tuvo bien pronto ecos generosos. El conocimiento de aquellas estampas de angustia que formaban ahora la vida en San Julián de Musques impresionó hondamente el ánimo de todos. La suscripción crecía rápidamente. ¿Dinero? Hacía falta el de todos: el de los poderosos y el de los humildes. Y así, aquéllos contribuyeron con cantidades de importancia, y éstos, con cifras modestas, como, por ejemplo, la de cincuenta céntimos. Otros dieron ropas, prendas de abrigo. Algunos, comestibles. Un comerciante, por ejemplo, envió con destino a. los necesitados de San Julián de Musques media tonelada de patatas. Casi todo Bilbao se puso al servicio de este movimiento generoso.

Las calles desiertas del pueblo; la mayor parte de los hombres ha marchado hacia la capital, hacia otros pueblos,
en busca del trabajo que falta en San Julián.

   Ya, al menos durante una temporada, y mientras llegan soluciones de mayor permanencia, no será una áspera realidad la pasada miseria en San Julián de Musques. Los pobres chiquillos ateridos tendrán  ropas con que cubrirse, y en los hogares no faltará lo más necesario. Si no su perdida alegría, el pueblo recobrará algo de aquella vida suya sin el acoso de la miseria.

La caridad bilbaína ha acudido en remedio de la miseria del pueblo. He aquí una parte de los objetos enviados - ropas, comestibles ...  - para los pobres hogares de San Julián de Musques.

   No faltará el pan, y mientras la tragedia se aleja del pueblo, podrá darse paso a la esperanza de que un día vuelva el trabajo a cantar en las minas, y los hombres puedan vivir en San Julián sin ir a buscar lejos el pan de los suyos. Otra vez las entrañas de la tierra, merced al esfuerzo del hombre, tomarán a ser fecundas. El pueblo tendrá de nuevo su antiguo ritmo plácido y feliz. Todos, mientras eso llega, ponen su fe en que algún día pueda ser sólo fina pesadilla lejana esta miseria dolorosa que ahora, hasta que llegó el humano gesto de unos hombres de buena voluntad, hizo dramática la vida en el pueblo que fue un día feliz.

En esta mina, el trabajo quedó paralizado totalmente. Lo que un día fue manantial de riqueza, es hoy fuente exhausta,
 tierra infecunda para toda otra labor que pudiera convertirse en pan.

Publicado el 18 de Abril de 1934 por J. Montero Alonso

En Mundo Gráfico.




sábado, 14 de mayo de 2016

Don Manuel Azaña en Baracaldo.- 1935

Don Manuel Azaña en Baracaldo.- 1935

De toda España llegan entusiastas republicanos a pie y en toda clase de vehículos.
   El tren en que partimos el sábado para Bilbao con objeto de escuchar el discurso del Sr. Azaña iba abarrotado de afiliados a Izquierda Republicana y de simpatizantes.
   A partir de Miranda, en las primeras horas de la mañana de ayer, numeroso público se situó en las estaciones de paso para saludar a los expedicionarios con vítores a la República y al Sr. Azaña. En muchas estaciones se incorporaban nuevos viajeros a la expedición.
   En Bilbao la animación era extraordinaria.
   La nota más destacada la ha constituido la llegada de los equipos que desde diferentes poblaciones de España han hecho el viaje a pie hasta Bilbao. El grupo más numeroso es el de Asturias, un equipo de estos marchadores está compuesto por Enrique Ramos, Agustín Suárez y Vicente López Fernández.
   Salieron el lunes y cubrieron la primera etapa, de 70 kilómetros, hasta Ribadesella, en el día y sin descansar.
Estos cuatro jóvenes de La Felguera, por carecer de medios para trasladarse 
Bilbao han hecho a pie un recorrido de 350 kilómetros para oír al señor Azaña.
   Continuaron hasta Unquera y luego a Santander y Santoña. Al reanudar la marcha hacia Somorrostro sufrieron un despiste y tuvieron que desandar 22 kilómetros. A pesar del esfuerzo realizado han llegado muy enteros y sin dar muestras de cansancio.
   De Ribadesella han llegado también 14 excursionistas y de París ha hecho el viajo en bicicleta un joven hijo do santanderinos.
   De Sama y La Felguera son numerosas las personas, casi en su totalidad obreros, que hacen el viaje a pie. En un principio intentaron realizar el viaje en camioneta; pero ante las dificultades que encontraron decidieron hacer el recorrido a pie.
   En número de unos 800 iniciaron la marcha; pero ante las advertencias de la fuerza pública hubieron de disgregarse para evitar todo aspecto de manifestación, y se espera que los diferentes grupos llegarán esta tarde a Bilbao.
   De Valladolid han llegado cuatro expedicionarios que han hecho el viaje a grandes jornadas.
   El número de personas llegadas a pie y en bicicleta so calcula en 1.400.
   Todos son obreros y realizan el viaje por sus propios medios. La organización de Izquierda Republicana les facilitó los medios para pernoctar.

Aspecto del campo de Lasesarre en Baracaldo durante el discurso delseñor Azaña.

Llegada del señor Azaña. El ilustre político es objeto de entusiásticas manifestaciones de afecto.
   Poco después de las diez de la noche del sábado llegaron en automóvil los Sres. Azaña y Casares
Quiroga con sus esposas. En otros automóviles les seguían los Sres. Giral. Salmerón, Marco Miranda, Ruiz Funes, Just, Bello, Sánchez Albornoz, Ánsó, Sabrás y otras personalidades políticas.
   Para evitar manifestaciones a la llegada del ex presidente del Consejo se había ocultado la hora de la llegada. Por esta circunstancia sólo fue recibido en el hotel por la Junta municipal de Izquierda Republicana, Directiva de Unión Republicana y del Círculo Femenino Republicano.
El Sr. Azaña con varios de sus correligionarios. Entre ellos el ex alcalde
de Bilbao Sr Ercoreca
   No pudo evitarse sin embargo, que su paso por las calles fuese percibido, y los transeúntes lo ovacionaron dando vivas a la República y a Azaña.
   Conocida ya la llegada se estacionaron frente al hotel centenares de personas, que con sus aplausos y vítores obligaron al Sr. Azaña a asomarse a uno de  los balcones para agradecer esas pruebas de adhesión.
   El Sr. Azaña, después de descansar unos momentos, fue a visitar el Círculo de Izquierda Republicana, donde fue acogido con entusiasmo.

Llegada incesante de viajeros.
    De toda España llegan autobuses repletos de viajeros y un tren especial con setecientas plazas y un barco de Gijón con un millar de personas para concurrir al mitin.
   Durante la mañana de ayer siguió la llegada incesante de expedicionarios en trenes, autocares y automóviles particulares.
   Muchos excursionistas manifestaban que en el trayecto habían sido agasajados por los republicanos, que les despedían en medio del mayor entusiasmo.


Comienza el acto.- Más de cíen mil personas se congregan en Lasesarre para escuchar al señor Azaña.
   A las cuatro y media de la tarde, hora señalada para dar comienzo el gran acto de afirmación republicana, el campo de Lasesarre era un hervidero de gente. Se calcula que en el campo del Baracaldo habría unas ochenta a ochenta y cinco mil personas. Sólo se habían colocado al pie de la tribuna presidencial tres filas de sillas y el resto del público se apiñaba sin poder apenas moverse.
BARACALDO. - El Sr. Azaña, al llegar al campo de fútbol, es aclamado
por el público.
   Fuera del campo, donde se habían colocado altavoces, se congregaron veinte o veinticinco mil personas.
   Hasta en los tejados de las casas inmediatas había público.
   El aspecto del campo es magnífico.
   La tribuna presidencial está adornada con colgaduras tricolores y en ellas ondea una gran bandera nacional. En distintos puntos veíanse ondear banderas de las Agrupaciones republicanas.
   Al llegar las personalidades republicanas a la tribuna se daba a conocer su presencia por medio de altavoces y eran largamente ovacionadas.
   El teniente coronel Mangada tuvo que corresponder emocionado a las pruebas de afecto de que fue objeto, así como el ex alcalde señor Ercoreca.

“Para esto necesitamos una legalidad electoral y un Gobierno respetable…”
   Al anunciarse la llegada del señor Azaña se desborda el entusiasmo y el público agita pañuelos y le tributa una ensordecedora ovación, que se prolonga más de un cuarto de hora. Al mismo tiempo se  tocó el himno nacional.
   Cuando se hizo el silencio el señor Ercoreca explicó la significación del acto y las dificultades que se habían encontrado para celebrarlo, porque los elementos derechistas, apelando a todos los procedimientos, habían procurado que no se encontrase local. Fue muy aplaudido.
   A continuación el Sr. Azaña pronunció su discurso, que despertó los más fervorosos entusiasmos republicanos.

Al término del acto.
   Al acabar su discurso el Sr. Azaña se dio por terminado el acto, recomendándose que se guardara el mayor orden en el desfile. Al salir el presidente de Izquierda Republicana volvió a entonarse el himno nacional, y el público le tributó de nuevo una clamorosa ovación. El desfile duró más de dos horas.


   Desde el campo el Sr. Azaña, con el Sr. Casares Quiroga, D. José Salmerón y otros íntimos se trasladaron al hotel donde cenaron.

Publicado el 15 de Julio de 1.935

En EL HERALDO DE MADRID



   Dejo a la consideración de los de la acera de enfrente lo que al número de asistentes al acto de Baracaldo te refiere. ¿Setenta, ochenta, noventa, cien mil personas?. Lo mismo da, y el cómputo se puede hacer de conformidad con la ideología del calculista. Yo solo afirmo una cosa: que el campo y los   alrededores se abarrotaron de gente, y que si el acto te hubiera efectuado en un lugar de triple extensión también el lleno hubiera sido absoluto, rebosante.
   La democracia vizcaína, -ihonor a mis paisanos y correligionarios!- dio muestra portentosa de entusiasmo, de disciplina, de fervor republicano.
   Centenares de autobuses, coches ligeros, trenes, camionetas y vapores volcaron sobre Bilbao, primero, y el campo de Lasesarre, después, una muchedumbre ávida de escuchar la palabra de Azaña, magnifica, elocuente, plena de autoridad, modelo de bien decir, ejemplo vivo de espíritu ciudadano.
   De todas las regiones, aun de las más apartadas y lejanas, llegaban hombres y mujeres que llevaban prendidos en el pecho y en el alma los colores rojo, amarillo y morado de la bandera de la República española.

   La palabra, el gesto, el ademán mostraban a las claras su pensamiento y su voluntad. El amor a la República y la resolución de defenderla con ardor de quien vela por la existencia del ser querido.
   ¿Acto de partido? ¿Izquierda Republicana? ¿Socialistas? No, imponente comicio de democracia. Consagración solemne de libertad. Afirmación rotunda de que nada ni nadie podrá atropellar en España al régimen. Reto intrépido a las derechas, que trata de sorprender a la República, quieren desfigurarla, vulnerar su Constitución, arrebatar al pueblo lo que conquistó el 14 de Abril, abrir brecha para que entren en España en bárbara invasión las costumbres y las instituciones arrojadas de ella por la voluntad del pueblo, único poder soberano e incontrastable.
   En Baracaldo, población de industria y de trabajo, se reunieron, en comunión sagrada, todas las izquierdas españolas, porque allí los partidos republicanos y socialistas, en todas tus gamas y matices, tenían representación auténtica y autorizada.
   Cada personalidad anunciada por el “speaker” era saludada con estruendosas salvas de aplausos significativas de la alegría, la esperanza y la seguridad que para el pueblo suponían el ver unidos hombres para quienes existen principios fundamentales idénticos, anhelos comunes, iguales sentimientos de solidaridad humana.
   Discrepancias de criterios, matices diferenciales eran pospuestos y olvidados ante el enemigo de todos, frente al peligro de una reacción.
   Todos veían en Azaña un símbolo de su sentir y de su querer, y a su voz, al verbo admirable del líder, confiaban el cuidado de que hiciese saber en España entera el pensamiento y la voluntad de la democracia española en esta hora critica y decisiva de nuestra historia.
   Juzgar el discurso de D. Manuel Azaña es algo tan difícil como innecesario.
   Para darse cuenta de su contenido, de su enjundia y de su trascendencia hay que leerlo, basta con leerlo.
   Doctrina, intención, belleza literaria, emotividad, abundan en la soberbia oración del gran tribuno, que fue exponente magnifico, síntesis insuperable del momento político.
   Azaña se superó a sí mismo, y el público siguió extasiado el discurso que reflejaba el sentir de todos, el ansia de todos, la resolución de todos.
   Azaña es, una vez mas lo probó, el estadista cumbre, el conductor esperado, la seguridad de la República.
   Cuando salí del acto de Lasesarre me martilleaba el cerebro el recuerdo de tantas y tan bellamente dichas ideas y enseñanzas.
   Después, recordando un incidente trivial, lo que había contado el “Speaker” de que una sortija de niño perdida había sido entregada por quien la encontró, pensé que quien extravió la sortija no había sido un chiquillo, sino la República, y que el anillo de purísimo oro quien lo halló y supo ceñírselo en el anular de la Democracia, limpio del barro en que se habla enfangado, fue D. Manuel Azaña. También pensé que si ese anillo se pierde en otro mitin, la pobre República se queda sin él, como está amenazada de quedarse sin libertad, sin Constitución y sin decoro.

Publicado por Antonio de Lezama

16 de Julio de 1935

En LA LIBERTAD.


   El acto que se celebró ayer en el campo de Lasesarre, de Bilbao, fue, por el público y por las exteriorizaciones del mismo público, un acto de carácter socialista, y, por tanto, agresivo y repudiable.
   Ese matiz de lucha incivil, de odio infecundo de clases, se manifestó claramente en el mitin de Lasesarre, puede que, incluso, contra la voluntad de Azaña, que ha aprovechado la ocasión para meterse por el resquicio que le vienen brindando los partidarios del turno. Pero las circunstancias mandan. En la cárcel Largo Caballero, en el destierro Prieto, en la abstención Besteiro y en la celda de las purificaciones el señor De los Rios, toda esa masa semianarquista, semicomunista, que invadía las Casas del Pueblo, se aglutina en torno a Azaña cuando  Azaña sale al proscenio. Porque esa masa no está, ni mucho con Azaña. A Azaña también le ahorcarían si triunfasen. Lo que pasa es que hallan, en actos como el de Lasesarre, ocasión propicia para hacer unos pinitos revolucionarios, en los que puede apoyarse el gobernante del bienio.
   El acto de Lasesarre, por eso, por el público que predominaba, y por las manifestaciones a que el público se entregó, fu -conviene repetirlo- un espectáculo de tipo marxista, y por ende, un espectáculo agresivo, que tiende a perpetuar los procedimientos salvajes, propios de la mentalidad rifeña, que tuvieron el mes de octubre tan escandalosa resonancia.

   El señor Azaña, por su parte, y para demostrarnos, seguramente, que no siempre  desdeña el tópico, comparó los sucesos del 10 de agosto con los del 6 de octubre. Todo el país sabe, no obstante, que los del 10 de agosto no incendiaron los templos, no mataron a seres inocentes, no robaron las  arcas del Banco de España. Los del 6 de octubre hicieron todo eso -incendiaron, mataron y robaron-y dispararon a mansalva contra las fuerzas del Ejército español situadas en la plaza de San Jaime, de Barcelona. Para el señor Azaña, pese a la monstruosidad de las infamias cometidas, los del 6 de octubre no han incurrido nada más que en un delito político. El mismo -añadió el señor Azaña, a quien dejamos íntegra la responsabilidad del aserto- "que cometió el Gobierno provisional cuando se adueñó del Poder". Por eso -dijo el señor Azaña- lo primero que hizo aquel Gobierno fue amnistiarse a sí mismo.
   En ese punto, tan lleno de disparates, hubo un halago a la pasión socialista, y como eran socialistas los asistentes, desbordó el entusiasmo. Algo más dijo el señor Azaña, que merece anotarse. Se opuso, naturalmente, a la reforma constitucional; pero al señalar lo relativo al sentimiento religioso, afirmó que no debe modificarse la situación de de relaciones entre la Iglesia y el Estado, y que no convienen unas relaciones muy estrechas con el Vaticano.
   El Gobierno actual, que está controlado por el señor Gil Robles, y en el que tienen mayoría los sectores de derecha, ha logrado, al fin, situar al señor Azaña. Nosotros no lo sentimos. Adversarios francos, descubiertos, del señor Azaña, nuestra posición jamás se ha modificado. Le hemos combatido  con los mismos tonos y con la misma energía siempre. Con mayor energía, desde luego, cuando estaba en el Poder. Nosotros, pues, no tendremos que cambiar. Pero a ver qué es lo que queda, que será lo que subsista en el mapa político de España de esos señores, que, con sus desaciertos, con su táctica, están determinando, incubando verdaderas catástrofes, y a ver con qué crédito y con qué cara se presentarán ante la opinión pública.

Publicado el 15 de Julio de 1.935

En LA NACIÓN